La primera mujer española en coronar el Everest ofreció una charla cargada de valores, en la que conectó la montaña con el sector de la elevación: alcanzar la cima exige preparación, equipo, seguridad, compromiso y una enorme capacidad de superación.
Durante la Convención de ANAPAT, Araceli Segarra, alpinista, comunicadora y primera mujer española en alcanzar la cima del Everest en 1996, ofreció una de las ponencias más inspiradoras de la jornada. Presentada por Jordi Varela, Segarra trasladó a los asistentes una reflexión profunda sobre la vida, el esfuerzo, la toma de decisiones y la importancia de pertenecer a un equipo con valores.
Su intervención fue mucho más que el relato de una expedición al Everest. Fue una invitación a mirar hacia dentro, a gestionar los miedos, a entender el poder de los hábitos y a asumir que todos, de alguna manera, somos “alpinistas de la vida”. Porque en la montaña, como en la empresa y como en el sector de la elevación, cada decisión cuenta, cada paso exige preparación y cada logro es el resultado de un compromiso compartido.
Araceli Segarra recordó a los asistentes que “somos responsables de nuestras decisiones y del colectivo al que pertenecemos”. Una idea que conectó de forma directa con ANAPAT y con el sector del alquiler de plataformas elevadoras, donde la seguridad, la responsabilidad, la planificación y la confianza en los equipos son pilares fundamentales.
A lo largo de su ponencia, habló del propósito como una de las grandes búsquedas del ser humano. “En la vida buscamos un propósito, cada uno intenta encontrarlo a través de su trabajo, de su familia, de sus aficiones… pero tener un propósito es muy complicado”, explicó. Para Segarra, lo difícil no es solo alcanzar una meta, sino encontrar aquello que da sentido, alegría y dirección al camino.
También lanzó una reflexión sobre la tendencia a mirar siempre hacia fuera: “La gente tiende a ver el jardín del vecino más verde. Siempre vemos en los demás lo que nosotros creemos que no tenemos”. Frente a eso, defendió la importancia de trabajar la mentalidad, de salir de la monotonía y de mantener viva la capacidad de aprendizaje. “Si una mente no deja de aprender, nunca envejece”, señaló.
Uno de los momentos más emotivos de su intervención llegó al recordar su primera expedición fallida. Segarra explicó que, pese a no lograr el objetivo, no guarda un mal recuerdo ni se arrepiente de nada. Al contrario, eligió centrarse en todo lo que hicieron bien. Agotaron todas las posibilidades, realizaron varios intentos y aprendieron de los errores cometidos, entre ellos la falta de material específico que en aquel momento resultó clave.
Esa experiencia le enseñó una de las ideas centrales de su ponencia: la importancia de escoger bien y cómo una elección puede cambiar por completo el resultado final.
Más adelante, relató su participación en la expedición de 1996 al Everest, en la que se grabó un documental IMAX con una cámara especial de 48 kilos, lo que suponía un enorme hándicap añadido. El guion, contó con humor, parecía sencillo: ir al Everest, subir, bajar y volver viva. Sin embargo, la montaña nunca responde a un guion cerrado.
Durante aquella expedición, Segarra vivió momentos que marcaron su forma de entender la vida. Recordó el monasterio de Tengboche, al que describió como un lugar con una energía especial, y una escena con un niño budista que miraba a través del visor de la cámara. El niño le dijo que por aquel agujero solo veía lo que había al otro lado, pero que él quería ver lo que había dentro de la cámara. Para Segarra, aquella imagen resume la necesidad de hacer el esfuerzo de mirar de otra manera, de salir de la caja y de no quedarse solo con lo evidente.
La alpinista insistió también en la importancia de aclimatarse, no solo en la montaña, sino en la vida. “El mundo no va a cambiar porque a ti no te venga bien. Hay que aclimatarse”, afirmó. Una frase especialmente aplicable al mundo empresarial, donde los cambios de mercado, las nuevas tecnologías, la presión de los costes, la seguridad, la digitalización y la falta de personal cualificado obligan a adaptarse constantemente.
Otro de los episodios más impactantes que compartió fue el rescate de dos personas durante la expedición. Segarra explicó que uno no sabe lo fuerte que es hasta que las circunstancias le obligan a actuar. En aquella situación extrema, mientras algunos decidieron no implicarse, otros eligieron ayudar. Y ahí apareció una de las grandes lecciones de su charla: siempre hay personas pioneras dispuestas a intentar lo que nadie ha hecho antes.
Recordó las palabras de aquel piloto que hizo posible lo que parecía imposible: “Déjame intentarlo. Déjame probar”. Para Segarra, intentar algo es poner el pie en la puerta y no dejar que se cierre. Gracias a esa decisión, se salvaron dos vidas.

La ponente invitó a los asistentes a detenerse y pensar. En cualquier situación, explicó, existen siempre dos caminos: el camino del confort o el camino que exige avanzar, aunque duela. Y son precisamente esos momentos de esfuerzo los que después dan sentido al orgullo. “Nunca nos sentiremos orgullosos de algo que no nos ha costado esfuerzo”, recordó.
En su relato sobre el ascenso al Everest, explicó que todo el mundo habla de los últimos metros hasta la cima, pero detrás de ese momento hay años de preparación, planificación, decisiones difíciles y trabajo de equipo. A 8.500 metros, cuando todo pesa más y la mente se pone al límite, se comprende realmente el valor de cada persona que forma parte del grupo.
Segarra recordó también el papel de los sherpas, que no se fueron, que se quedaron y que fueron fundamentales para que la expedición pudiera regresar. A partir de ahí, lanzó una de las reflexiones más potentes de la ponencia: “Tienes que conseguir creerte que puedes hacerlo”.
La expedición de 1996 y el documental IMAX dejaron una huella imborrable. Pero para Araceli Segarra, más allá de la tecnología, los recursos o la espectacularidad del proyecto, lo que hizo que todo aquello existiera fueron las personas. “Puedes tener todos los recursos, pero lo que hace que todo realmente exista son las personas”, afirmó.
Una idea que enlazó directamente con ANAPAT y con el sector de la elevación. Porque detrás de cada máquina, de cada empresa alquiladora, de cada operación y de cada servicio, hay personas. Técnicos, operadores, comerciales, empresarios, fabricantes, distribuidores y equipos que hacen posible que el sector funcione. Y son sus valores, sus principios y su compromiso los que generan confianza.
Segarra fue clara al hablar del equipo: un equipo no es simplemente un grupo de personas juntas. Un equipo es un conjunto de personas con la mentalidad adecuada para trabajar unidas, llegar más lejos, resistir más tiempo y afrontar mejor la incertidumbre. “Cuando hay miedo o incertidumbre, es más fácil soportar el futuro entre todos”, señaló.
Para pasar de grupo a equipo, destacó cuatro ingredientes fundamentales: empatía, generosidad, información y comunicación. Cuatro elementos que, según explicó, permiten construir confianza. Y la confianza es imprescindible para ser ágiles, adaptarse y avanzar.
“El liderazgo no es saberlo todo”, añadió. Liderar también implica gestionar emociones, escuchar, cuidar a las personas y actuar con coherencia. Los equipos funcionan cuando las cosas se hacen, cuando los valores se demuestran con hechos y cuando cada uno asume su responsabilidad dentro del colectivo.
Una lección de humanidad, liderazgo y superación que conectó de lleno con un sector acostumbrado a trabajar en altura, pero también a sostenerse sobre valores muy firmes y que se resumen en estas frases:
“El mundo no va a cambiar porque a ti no te venga bien. Hay que aclimatarse”.
“Intentar algo es poner el pie en la puerta y no dejar que se cierre”.
“Nunca nos sentiremos orgullosos de algo que no nos ha costado esfuerzo”.
“Puedes tener todos los recursos, pero lo que hace que todo realmente exista son las personas”.
“Un equipo tiene la capacidad de llegar más lejos, de sobrevivir más tiempo y de afrontar mejor la incertidumbre”.
“Somos responsables de nuestras decisiones y del colectivo al que pertenecemos”.
